Dublineses

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“Dublineses” es considerada una obra maestra en nuestros días; sin embargo, durante mucho tiempo, sus méritos fueron opacados por los experimentos narrativos que Joyce dio a conocer posteriormente.

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Descripción

I – El texto y su historia

En 1905, cuando tenía apenas veintitrés años de edad, James Joyce le hizo llegar al editor inglés Grant Richards un manuscrito compuesto por doce cuentos: el manuscrito no era otro que la primera versión de Dublineses. El prolongado aplazamiento de la publicación le dio al joven autor tiempo suficiente para incluir tres historias más, dentro de las cuales se hallaba el célebre relato «Los muertos». Estos tres nuevos cuentos fueron concebidos entre 1906 y 1907; sin embargo, el libro recién apareció impreso en 1914. Cabe señalar que, para algunos críticos, este retraso editorial no fue sino un velado acto de censura.

Dublineses es considerada una obra maestra en nuestros días; sin embargo, durante mucho tiempo, sus méritos fueron opacados por los experimentos narrativos que Joyce dio a conocer posteriormente. Sin ir más lejos, cuando Dublineses salió a la luz en 1914, Joyce ya publicaba en The Egoist los capítulos de lo que luego sería su primera novela, Retrato de un artista adolescente. Es evidente que tanto la aparición del concepto de epifanía[1] como los embrionarios intentos de monólogo interior que se encuentran en el Retrato atrajeron más la atención del público lector que el estilo realista que exhiben muchas de las historias del libro que ahora presentamos.

Es probable que Dublineses contenga algunos de los cuentos más perfectos que se hayan escrito jamás en lengua inglesa. Ninguno de ellos muestra marcas de descuido: el tono general es justo y efectivo; la distancia emocional, medida y concluyente. Sin duda, esto le permite a Joyce moverse con facilidad entre la narración despojada y el detalle minucioso. Tal como dimos a entender en el párrafo anterior, en estos cuentos no aparece aún aquel recurso típicamente «joyceano» que se conoce como fluir de la conciencia;[2] de hecho, los protagonistas (incluidos los narradores) a veces se retiran del relato, dejando al lector desnudo frente a los hechos principales de la historia. En definitiva, Joyce demuestra en este libro su habilidad para introducirse en las almas de sus personajes, pero sin poner en riesgo la objetividad narrativa.

Puede decirse que nada es azaroso en esta obra. Cada uno de los cuentos que la conforman aporta su particular pincelada a esa suerte de pintura colectiva que, indudablemente, se desprende del mismo título del libro. De esta manera, asistimos a la evolución de un caleidoscópico protagonista (Dublín), que, a su vez, se nutre de las vivencias de cada uno de los personajes, generando así sutiles artificios que afectan no sólo el fondo, sino también la forma.[3]

II – Una ciudad como escenario

Joyce confesó alguna vez que su propósito al escribir este libro era narrar una breve historia moral de su país, y si eligió Dublín como escenario, fue porque consideraba que esa ciudad reflejaba mejor que ninguna otra el bloqueo cultural, mental y social que, según él, aquejaba a toda la nación. Para Joyce, indiscutiblemente, Dublín era una ciudad en decadencia.

A principios del siglo XIX, Dublín era la segunda ciudad más importante de las Islas Británicas y una de las diez ciudades más prósperas de Europa. Una arquitectura encantadora, un diseño elegante y un puerto bullicioso eran algunos de los tantos atractivos que ofrecía esta ciudad dinámica y pujante. Sin embargo, algunos años más tarde, Belfast pasó a ser la gran metrópoli de Irlanda, dejando a la economía de Dublín en un estado desastroso. Las casas de estilo georgiano que estuvieron antiguamente de moda se transformaron en viejas viviendas de barrios pobres, los puertos quedaron poco a poco abandonados y las oportunidades de ascenso eran escasas para las clases medias y bajas. No debe sorprendernos, entonces, que la mayoría de los personajes de este libro sean miembros de las clases más afectadas por la crisis.

Esta postal de Dublín no pretende ser halagadora. Joyce, lejos de «idealizar» la pobreza (como de algún modo lo hizo Dickens en su obra), prefiere mostrar de qué manera la escasez y la parálisis social afectan negativamente al carácter de los hombres. El autor ve a su ciudad natal como una urbe desmembrada, y, quizá por ese motivo, un aura de derrota impregna cada cuento. Sin embargo, Joyce no se limita a describir el ambiente desesperado de la época, sino que da vida a una nómina de personajes entrañables —muchos de los cuales reaparecerán en el Ulises— que circulan, aman y pecan en esta ciudad tan particular como sombría.

III – Prácticamente una novela

       Si bien en el sentido estricto del término Dublineses no es una novela, este libro cuenta con la suficiente cohesión interna como para que veamos en él algo más que una simple colección de relatos. Su planteo narrativo, en cierto modo, anticipa las propuestas de tres famosas novelas corales: Manhattan Transfer, de John Dos Passos (1925); La colmena, de Camilo José Cela (1951), y La región más transparente, de Carlos Fuentes (1958).

Así, las quince historias que conforman Dublineses, pese a ser totalmente independientes, pueden ser leídas como partes de una arquitectura más vasta; el telón de fondo que supone la ciudad —por la que desfilan los personajes, incluso de un cuento a otro—[4] se encarga de proporcionarles la coherencia y la cohesión que éstas necesitan. Sin embargo, existe un factor estructurante mucho más significativo: la especial organización de los relatos.

En una carta enviada a su editor en mayo de 1906, Joyce explicaba lo siguiente: «He intentado presentarle al lector indiferente un Dublín constituido por cuatro perfiles: la infancia, la adolescencia, la madurez y la vida pública»[5]. En efecto, las primeras historias de la colección tienen a niños como protagonistas; las subsiguientes, a adolescentes y jóvenes, y las últimas, a adultos. Esto sólo indica que, desde un principio, el autor había elaborado un ambicioso plan para sus cuentos.

Insistiendo en los atributos novelísticos de este libro, podría decirse que Dublineses, en cierta forma, es la ineludible precuela del Retrato del artista adolescente y del Ulises, pues en Dublineses se explican de algún modo los motivos por los cuales Stephen Dedalus se exilia en el Retrato, y en Ulises, como se ha dicho, reaparecen muchos de los personajes que recorren las quince historias que conforman Dublineses, además del propio Dedalus. Las diferencias técnicas que existen entre las tres obras mencionadas no deberían ser un impedimento para aceptar esta teoría, ya que, en puridad, muchos de los recursos utilizados en el Retrato aparecen también en Dublineses y muchos de los empleados en el Ulises aparecen asimismo en el Retrato.

En cualquier caso, está claro que, al escribir Dublineses, James Joyce creó una perfecta máquina literaria. Será ahora tarea del lector comprobarlo en lo que sigue.

Flavio Crescenzi (Traductor)

Buenos Aires, junio de 2017


[1] Joyce llama epifanía a una súbita manifestación espiritual, que sólo puede representarse mediante una prosa impresionista y poética. Sin duda, Retrato de un artista adolescente está lleno de estos momentos, pero también el libro que glosamos, piénsese, sin ir más lejos, en el párrafo final de «Los Muertos».

[2] El fluir de la conciencia es una variante del monólogo interior en la que el inconsciente aflora, yuxtaponiendo imágenes y pensamientos íntimos, sensaciones y recuerdos, tal como se presentan en la mente del hablante. Desde el punto de vista sintáctico, la construcción lingüística de este tipo de discurso será más desarticulada. Joyce hace uso de este recurso en Ulises.

[3] Por ejemplo, las historias protagonizadas por niños están narradas en primera persona, pero las que están protagonizadas por adolescentes exhiben distintos tipos de enfoques narrativos en tercera.


 

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