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Catedral

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Ray Carver (1938-1988) nació en Oregon y creció en Yakima, un pueblo del este de Washington

Descripción

Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le leía a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.


No hay nada acabado ni exacto en los relatos de Raymond Carver, existe sí un vasto territorio mudo, difícil de ser pensado a partir de las metáforas o los símbolos que ofrece a menudo el cuento tradicional.

Aquellos parloteos cotidianos, todos sus soles y lunas lúgubres definen un paisaje citadino de hoteles y suburbios habitados por seres, a veces sin nombre, que transitan su frustración o su inercia en la representación de un lenguaje despojado y un tanto mordaz que asocia al creador y sus criaturas a los parámetros que la crítica denomina realismo sucio y minimalismo, ese ámbito de los efectos literarios reducidos a la austeridad de los vocablos y las gestas. A propósito de aquellas etiquetas el mismo autor protestó en una entrevista para The Paris Review[1]: “En una reseña del último libro, alguien me llamó un escritor “minimalista”. El reseñista lo quiso decir como un cumplido. Pero no me gustó. Hay algo sobre lo “minimalista” que huele a una pequeñez de visión y de ejecución que no me gusta”.

Muy cerca del silencio – reseña de Adriana Greco en nuestra revista