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El diamante de Jerusalén

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Un retrato del Israel de épocas recientes, una intensa historia de amor y un absorbente viaje a través de la Historia.

Descripción

En El diamante de Jerusalén , Noah Gordon cambia de registro con esta trepidante trama de intriga y misterio que posee una inevitable historia de amor y un final muy sorprendente.

Harry Hopeman pertenece a una dinastía de diamantistas que se remontan a los tiempos de la Inquisición. Un buen día, recibe el encargo de recuperar un valioso diamante que está en poder de un egipcio y que es reclamado por la Iglesia Católica.

El encargo, que llevará a Harry a desistir Nueva York para instalarse en Tierra Santa, se convertirá en un avatare casi iniciático en el que el tratante se reencontrará con sus raíces.

La historia del diamante, desde los tiempos bíblicos hasta la contemporaneidad, sirve no sólo de hilo conductor para narrar las peripecia de la familia Hopeman, cuyos orígenes se remontan a los tiempos de la Inquisición, sino también para ofrecer una rica panorámica del judaísmo y su intensa memoria con las culturas musulmana y cristiana a lo largo de los siglos.

Con el éxito que le ha convertido en un relativo del género de la narrativa histórica, Noah Gordon parte de una rigurosa documentación para ofrecer al lector un absorbente relato a través de la Historia, al unísono que una emocionante novela.

Genizah Baruc se despertaba todas las mañanas esperando el arresto. El rollo de cobre en blanco era de metal del bueno, que había sido batido hasta dejarlo delgado y liso como una piel. Lo pusieron en un saco y lo trasladaron en secreto, como ladrones que eran, a una pequeña cueva en el extremo de un campo de rastrojos.

El interior estaba oscuro a pesar de que más allá de la abertura se veía el cielo azul, y él llenó y encendió la lámpara y la colocó sobre la piedra plana.

Tres de los conspiradores más jóvenes se sentaron afuera en actitud vigilante, con una piel de shekar, y fingieron estar borrachos.

El hombre mayor apenas los oía. Volvía a sentir el dolor en el pecho y le temblaban las manos mientras se obligaba a coger el mazo y la lezna.

Las palabras de Baruc, el hijo de Nerías de los sacerdotes que habitaban en Anatoth, tierra de Benjamín, a quien el mandamiento de guardar los tesoros del Señor le llegó por intermedio de Jeremías, el hijo de Hilcías el Kohen, en los tiempos de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, en el año noveno de su reinado.

Fragmento del libro

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