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Un mundo en una caja

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 Hay sin duda un reto añadido cuando uno escribe desde la mirada de un niño y predominantemente para niños.

Descripción

Cuando Ana, una niña de 7 años, descubre lo que el poder de la imaginación puede hacer, una simple caja se convierte en la puerta de entrada a un mundo mágico. Un cuento sobre la vida como extraordinaria aventura sin mapa de ruta, sobre la necesidad de compartir y sobre el valor incalculable de los sueños, nuestro mayor tesoro. Un cuento sobre cuánto puede dar de sí una caja de cartón cerrada y abandonada junto a una puerta.

Un mundo en una caja

UN MUNDO EN UNA CAJA, UN CUENTO APASIONANTE CON VOCACIÓN DE CLÁSICO

La editorial Guías Azules, hasta ahora dedicada a libros de viaje, ha decidido abrir su catálogo a otros géneros con una nueva colección de literatura infantil y juvenil y lo hace con dos libros estupendos, Un mundo en una caja, de María Jesús Mingot, y Atrapados en el cuerpo, de Manuel Monreal.

El pasado día 15 de diciembre se produjo la presentación del primero. Suele tener la literatura infantil una consideración condescendiente, al fin los niños son adultos incompletos y, en consecuencia, los libros destinados a ellos han de ser libros incompletos, aquejados de simplicidad, saturados de delicadezas y refugiados en la fantasía, esto es, incapaces de afrontar la realidad, esa dura realidad en la que los adultos se mantienen a flote penosamente cuando no naufragan: la fantasía protege a los niños de la verdad. Pero no hace falta haber leído a Bettelheim y su , basta con ser observador para darse cuenta de que los libros para niños considerados clásicos, así como los cuentos populares, son libros que no escatiman la crueldad y que la fantasía de la que hacen gala no es un escape sino la forma curva de mirar la realidad para poder vivir en ella y trascenderla.

Alicia en el país de las maravillas, El principito, Peter Pan, El viento en los sauces, Winnie the Pooh, La sirenita, Pulgarcito, Caperucita Roja y tantos otros no son libros para niños, esos encantadores pero incapacitados seres humanos, no son libros para niños solo, sino tambi necesitan explorar. Pero temas que los adultos y sorprenderse con su lengua imaginativa, libremente adociativa y loca), temas qén para adultos, al menos para adultos que no han asesinado al niño que fueron y, ay, si lo hicieron ahora son árboles secos, hombres sin imaginación y sin jugo.

Pues bien, Un mundo en una caja, de María Jesús Mingot, es un libro que tiene vocación de clásico –y por ello hay que felicitar a Guías Azules- y trata de temas muy serios, aunque de forma adecuada, es decir, mágicamente.

Un mundo en una caja va de la creación: uno, sin capacidad de creación no hay vida; dos, la creación se dirige a los otros y, por tanto, la creación es un asunto amoroso. Estos son los temas del libro, temas que los niños (poetas y filósofos espontáneos, quien los ayuda a crecer lo sabe, porque tiene que experimentar con ellos su asombro ante el mundo, quedarse mudo ante sus preguntas o mentirles con respuestas envasadas y sorprenderse con su lengua imaginativa, libremente asociativa y loca), en su trayectoria incipiente, necesitan explorar. Pero temas que los adultos nunca dejan atrás, porque constituyen la médula del vivir si no quieren petrificarse en hombres deshabitados.

La protagonista de Un mundo en una caja –y con ella el lector- va enfrentándose a sucesivos enigmas: primero a la caja que sin venir a cuento aparece en la puerta de la casa, luego al contenido de la caja, más tarde, al descubrirse éste, al desengaño y de nuevo al enigma que la interpela, la desafía y le hace descubrirse, dar con su yo auténtico y así encontrar sentido a su pequeña vida, ahora propia, secreta para su familia y, en cierto modo, a la contra de ella, pues el niño se va individualizando frente a los otros. Ahora bien, esta individualización no puede sumirse en el solipsismo, porque es en los otros finalmente donde solo queda encontrarse. Por eso Ana al final del libro trasciende su recién encontrada y gozosa intimidad y sale de su oculta e interior cabaña y de la casa familiar para encontrar una “afinidad electiva” que diría Goethe, una amiga y con ella compartir y liberarse de su productivo secreto. Al hacerlo, Ana, pintora, renuncia al silencio. Renunciar al silencio es lo que hace todo pintor, todo músico, todo escritor, todo artista. Y el arte, aunque trate del mal, siempre pretende el bien; el arte pretende la belleza, la comunicación con el otro, no la fealdad ni la destrucción, el arte es una afirmación, aun sin quererlo un tajante sí nietzscheano.

Así que Un mundo en una caja resulta al tiempo apasionante y emocionante, apasionante porque corremos de página en página buscando respuesta a los intrigantes enigmas que se suceden y emocionante porque qué lector vivo no se emociona al presenciar y vivir con una niña, tras el encontronazo con la arbitrariedad y el odio, el descubrimiento de la amistad, esa forma exquisita de amor.

Quisiera acabar esta reseña haciendo mención a algunos aspectos del libro que filtran una mirada actual sobre las cosas. Ana vive en familia, una familia compuesta por un hombre, el padre, y tres mujeres. El padre está pero no participa, resulta lejano, una especie de tribunal arbitral al que se recurre en última instancia. Las mujeres, la madre y las niñas, en cambio, comparten la cotidianidad, como toda cotidianidad muchas veces fatigosa, desgastada, sorda. No deja de ser curioso que la madre, psicóloga, quizá psicoanalista, padezca una acusada limitación para entender lo que pasa por el interior de su hija pequeña, pero es que a los padres nos pasa a menudo eso y ya se sabe que no es aconsejable que un cirujano opere a un hijo, ni que un profesor dé clases a los suyos, ni que un psicoanalista psicoanalice a una hija, aunque Freud lo hiciera con su hija, por cierto, de nombre Ana como la protagonista del cuento, cuento largo, de María Jesús Mingot.

El estilo, la lengua del cuento, es como debía ser, apropiada al público al que en principio está dirigido, fluido, sin concesiones ornamentales, pero la autora es poeta y eso marca impronta, se aprecia en general en su visión del mundo y más sutilmente en algunos detalles: los viajes en sueños, la piedra azul o en esta sencilla y hermosa metáfora, “su rostro resplandeciente como nieve recién caída”.

Resulta que el poeta –el creador- y el niño caminan juntos de la mano, sorprendiéndose continuamente, mirando como si las cosas estuviesen recién creadas, resucitándolas, redimiéndolas del sueño de lo demasiado visto. Solo así se puede ir por la vida sin morir antes de haber muerto.

José Luis Fernández Hernán

No creo, en sentido estricto, en una literatura meramente infantil o juvenil, esas etiquetas, con un papel eminentemente pedagógico, tienen su sentido solo en los primeros años. Prefiero hablar del tipo de literatura que gusta especialmente a lectores más o menos jóvenes, sin ser en modo alguno excluyente. No creo que “El Principito” o “Alicia a través del espejo” o “Las aventuras de Huckleberry Finn” o “Cuento de navidad” o “La isla del tesoro” o, sin irnos tan lejos, los libros de Judith Kerr, de Maria Gripe o de Roald Dahl sean libros solo para niños. Los seguiríamos disfrutando tanto como los disfrutamos entonces. Con todo, hay sin duda un reto añadido cuando uno escribe desde la mirada de un niño y predominantemente para niños.

de la entrevista a la autora en nuestra revista

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